dilluns, 28 agost de 2006

EL TURISMO, VALORES Y RECURSOS: LAS PERSONAS.

Durante los primeros cuatro meses de 2006 hubo diez millones de turistas más que durante el mismo periodo del año anterior. En este sentido, informó la Organización Mundial del Turismo (OMT) (29 de junio de 2006).

En un nuevo informe, la OMT destaca que, a pesar de producirse un ritmo de crecimiento más moderado, durante el primer cuatrimestre de 2006 se ha producido un crecimiento del 4,5%.

En el caso del Continente Americano, el crecimiento fue inferior a la media, un resultado influido en gran parte por la evolución de América del Norte, donde se produjeron porcentajes negativos debido al fortalecimiento del dólar canadiense y, en México, al impacto del huracán Wilma.

Sin embargo, dice el informe de la OMT, este país se está recuperando y en abril (2006) comenzó a registrar un crecimiento positivo. El resto del continente tuvo resultados por encima del promedio.

El secretario general de este organismo de la ONU, Francesco Frangialli, señaló que “el turismo internacional ha entrado ahora en una fase más estable de demanda sostenida, sin grandes picos ni depresiones”. Hay que tener en cuenta, además, que, según la misma OMT, el cálculo del turismo interior, es decir los desplazamientos por turismo en el interior de los Países respectivos, puede obtenerse multiplicando por diez la cifra anterior. El resultado nos parecerá inverosímil. Pero bastará pensar, incluso en nuestros mismos países, los desplazamientos durante los fines de semana, con motivo de las vacaciones escolares o de las fiestas religiosas y populares, para que la cifra nos parezca casi razonable.

En los inicios del tercer milenio, podemos afirmar, sin ningún problema y, con un alto grado de consenso por todos los sectores y agentes afectados, que el turismo ha alcanzado su fase de pleno desarrollo, capaz de vencer hasta el trauma del 11 de septiembre.

Todo este movimiento ha sido posible por la evolución en la reglamentación del tiempo de trabajo, que ha consolidado y ampliado un mayor tiempo de descanso. Pero fue sobre todo con la introducción de las vacaciones pagadas – por primera vez en 1936 – cuando se ofreció una oportunidad insospechada para el turismo. Tras el paréntesis de la Segunda Gran Guerra, la consecuencia de la generalización de las vacaciones pagadas fue la explosión del turismo de masas en los años 60 y siguientes.El turismo de masas se basa fundamentalmente en la capacidad de organizar y desplazar grandes grupos de personas según programas preestablecidos. Los diferentes factores que entran en consideración, conocidos y reiterados en múltiples informes y documentos, hicieron que el turismo de masas se desarrollara preferentemente como turismo de descanso en playas, con una fuerte concentración, con escasas actividades alternativas y con poco contacto con la realidad del País visitado. El turismo de masas, en sus inicios, resultó extremamente agresivo para el medio ambiente, para la cultura de las comunidades locales e incluso para la economía de los Estados de destino. A lo largo de los años se ensayaron, también, modelos diferentes, manteniendo siempre las características de origen. De este modo, el turismo de masas sigue representando una parte dominante, abriendo nuevos destinos y causando, aún, graves perjuicios, más tal vez en los aspectos sociales (relaciones laborales, explotación sexual...) y culturales (erosión cultural, folklorización de costumbres tradicionales...), que en los medioambientales.

Durante los años 80 y 90 se produjo una fuerte reacción a este tipo de turismo y una consiguiente apertura a nuevos modelos. Dos factores impulsaron esta reacción. En primer lugar fue una reacción de la misma industria turística, al ver que con este fenómeno de masas se iban agotando los recursos disponibles (por ejemplo las playas) a causa de la degradación. Pero, por otra parte, un factor decisivo fue la generalización de un nuevo tipo de turista, más interesado por los aspectos culturales de su viaje, con una mayor conciencia ecológica y con un mayor deseo de ocupar su viaje con actividades complementarias, como deporte, aventura, conocimiento del entorno, de la historia, de las gentes. Para responder a estos nuevos intereses, la industria turística ha ido creadon nuevos modelos, nuevos tipos de turismo, que la publicidad de las agencias ofrece hoy como “ecológico”, “personalizado”, “exótico”, “étnico”, “solidario”, etc.

Tal vez será exagerado hablar de un cambio en el turismo. Como decía, el turismo de masas sigue siendo un segmento importante del fenómeno actual, y la masificación resulta, además, un momento casi ineludible de cualquier nuevo modelo que se crea.

El turismo de invierno, por ejemplo, en el Centro de Europa, ha alcanzado grados de masificación casi insoportables. Lo mismo podría decirse del turismo cultural. Basta recordar como ejemplo la ciudad de Florencia, en Italia, o la Catedral de París, con sus más de diez millones de visitantes al año. Como también serviría de ejemplo, en otras proporciones, la famosa Paris-Dakar.

Pero, en parte, por atender a las exigencias de una mayor conciencia social, y en parte por asegurarse una expansión siempre mayor, la industria turística está adoptando códigos de conducta más aceptables. Las mismas agencias d viajes en sus asociaciones, así como las Organizaciones internacionales del sector, están indicando nuevos parámetros para un turismo que sea más respetuoso con el medioambiente, más adecuado al desarrollo de los Países, en definitiva, más humano. Cabe destacar en este sentido, la adopción del “Código de Ética Mundial para el Turismo”, aprobado por las Organización Mundial del Turismo en 1999, y la “Declaración para un turismo responsable en los destinos”, publicada con motivo de la Cumbre de Johannesburgo en agosto de 2002.

Desde esta perspectiva, el fenómeno se valora como instrumento de conocimiento y de diálogo entre las culturas y los pueblos, que abre y estimula la cooperación y la solidariedad. Para un turismo de rostro humano, es, sin embargo, primordial que en el destino esté una comunidad, con su cultura y con sus realidades sociales, y que el turista no se limite a gozar del paisaje o de los monumentos artísticos, ni mucho menos que se encierre en un mundo artificial, ajeno a la realidad que le rodea, a pesar de que esta es – preciso es reconocerlo – la tendencia dominante hoy en día.

Para ello es importante, por otra parte, que el País de acogida, la comunidad local, se haga una idea correcta de lo que para él supone el turismo, que valore bien la aportación que puede hacer a su desarrollo y los peligros que puede suponer para su identidad cultural y social. Si es preciso, la comunidad local debe hacer valer unos derechos que pueden llegar a imponer al turismo ciertas condiciones y ciertos límites.

El turismo extiende el círculo de estas relaciones hacia otros Países, hacia culturas y religiones diferentes, ofreciendo con ello la oportunidad de conocer mejor el origen y el modo de ser de personas que muchas veces, por la emigración, forman ya parte de la sociedad del propio turista

El turismo, en efecto, es considerado un factor de primera importancia para el desarrollo. Durante los años de expansión del turismo de masas, muchos Gobiernos vieron en el turismo una vía rápida al desarrollo, ya que la explotación turística requiere relativamente pocas inversiones, emplea fuerza laboral relativamente sin gran preparación y aporta réditos inmediatos. Estas circunstancias resultaban atrayentes para muchos gobiernos, aunque en realidad todos estos “beneficios” fueran más sustanciosos para los Países emisores, que no para los pueblos receptores. De todas formas, en la actualidad el turismo es la principal exportación para un tercio de los Países en vías de desarrollo, ocupando un lugar importante en el 83 % de ellos.

La nueva “conducta” de la industria turística debería corregir la línea de actuación, vigente hasta ahora, favoreciendo una mayor formación de los trabajadores, una más justa utilización de los recursos propios de los Países (agricultura, artes tradicionales...), una presencia más respetuoso y relacional de los turistas, y, en definitiva, una mayor participación de la comunidad receptora en la planificación, explotación y participación en los beneficios de la actividad turística.

Estas palabras encierran un futuro optimista, tal vez utópico, para el desarrollo del turismo. Seguramente en los próximos años – y esto nos interesa –, a pesar de las dificultades presentes y futuras, los resultados estadísticos anunciarán nuevos logros económicos para el turismo mundial. Seguramente resulta mucho más incierto que estos resultados signifiquen realmente una mayor participación de los Países receptores en los beneficios del turismo y, más incierto aún que, gracias al turismo, aumente considerablemente la armonía social.


Con ello no pongo en cuestión las posibilidades con que cuenta el turismo. Este fenómeno, en efecto, posee características sustanciales para ser instrumento de mutuo conocimiento y aprecio entre las personas, para facilitar el diálogo entre culturas y religiones, para reforzar la paz y la solidariedad entre las naciones. Todo depende de la acción conjunta de los operadores y trabajadores del sector, de los turistas y de las comunidades de acogida.

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